- El laicado y sus responsabilidades
domingo, 5 de abril de 2026
Feliz Domingo de Resurrección
Mi conexión con la Semana Santa ha cambiado cualitativamente con cada viaje. Especialmente cuando los lugares a los que he llegado no coincidían con la religiosidad cristiana tradicional, como fue el caso de mi último destino: Berlin.
En esta capital, la celebración laica de las fiestas va de la mano con los cambios de estación y con tradiciones menos religiosas. La Semana Santa, por ejemplo, está claramente marcada en el calendario y el Viernes Santo es feriado. Pero, al no ser un día estrictamente religioso para todos, otros símbolos ocupan el espacio público: huevos de colores, conejos, flores que anuncian la primavera.
La idea de los huevos y los conejos la exploré apenas llegué a Alemania, en un artículo que me solicitaron en 2010 desde ANE e.V. (Arbeitskreis Neue Erziehung). - Aqui el enlace del articulo : https://mar-i-pasos.blogspot.com/2010/03/huevos-y-conejos-hablando-de-la-pascua.html?m=0)- Allí intenté comprender cómo estas imágenes también hablan de vida, renovación y esperanza, aunque desde otro lenguaje.
El viernes retomé contacto con mi comunidad de . Ellos continúan participando en una comunidad amplia que se reúne para reflexionar sobre los cambios necesarios en distintos planos de la vida —sobre todo el personal y el laboral— a la luz de la fe y desde una perspectiva concreta: la teología de la liberación.
Para mí, espacios como la UNEC (Unión Nacional de Estudiantes Católicos) y el MPC (Movimiento de Profesionales Católicos) fueron guías fundamentales. Me permitieron releer mi propia experiencia desde una mirada más política y descubrir la coherencia entre espiritualidad y acción como herramientas cotidianas, allí donde me encontrara.
Las personas de mi comunidad —a quienes conocí desde sus veintes, o incluso antes— han permanecido en Perú. Hoy nos comunicamos menos, pero esa historia compartida no se borra. El viernes, una de mis compañeras compartió un texto de Semana Santa, y a partir de allí surgieron varias reflexiones que hoy, en este Domingo de Resurrección, siento la necesidad de escribir.
Mi comunidad ha sufrido pérdidas importantes. Nuestros asesores fallecieron hace poco y nos encontramos en un contexto “sin pastor”. Tal vez este sea el momento de mirarnos nuevamente desde el protagonismo laico con el que nació el movimiento.
La Palabra sigue con nosotros. La realidad sigue interpelando. Y la comunidad continúa viva para acompañar. Todo lo aprendido —las herramientas teológicas, los procesos vividos— no caerá en saco roto.
Yo, que llevo más de veinte años fuera de Lima, no he experimentado esa sensación de vacío de la misma manera. La referencia comunitaria, incluso en momentos clave de mi vida migrante, no ha entrado en crisis.
Creo que esa misma fuerza fue la que me impulsó a crear algo parecido aquí. Reencontrarme con mi identidad laica me ha permitido reconocer desafíos importantes e involucrarme en procesos de cambio. No siempre se logra todo lo que se desea, pero en los espacios que he construido he sido testigo de transformaciones reales en favor de las personas.
Esa fuerza —ese espíritu de compromiso— nació en mí gracias a la experiencia comunitaria. Y por eso sigue viva.
2. Autocuidado y menos adaptación
Las llamadas de atención de mi cuerpo en los últimos años encendieron alertas que poco a poco se han ido aclarando. Me di cuenta de que durante mucho tiempo estuve demasiado enfocada en escuchar y atender lo que estaba fuera de mí.
Hoy puedo reconocer mejor cuándo eso ocurre a mi propia costa. Aprender a poner límites, a tomar distancia, ha sido fundamental.
Mi alta valoración de la comunidad como construcción política y espiritual no me permitía ver con claridad el valor que nos debemos como personas —no como individuos aislados, sino como seres dignos en relación—.
No se trata de reciprocidad inmediata ni de esperar algo a cambio. Pero con el tiempo una puede ver si recibió algo esencial: una respuesta amable, un gesto de cariño, una presencia cuando más se necesitaba.
Detectar lo que nos hace bien —no solo lo que nos conviene— y reconocer que existen otras formas de ser persona ha sido uno de los grandes descubrimientos de este año.
3. Resurrección como tiempo de transformación
La Resurrección no es solo un momento litúrgico. Es también una invitación a reconocer los cambios que están ocurriendo en nuestra propia vida.
Resucitar puede significar soltar formas antiguas de estar en el mundo, dejar atrás vínculos que ya no sostienen, o animarse a construir otros nuevos. Puede ser también reconciliarse con la propia historia, integrando lo vivido sin negarlo.
En mi caso, este tiempo habla de transformación consciente: de elegir con más claridad dónde estar, con quién compartir, y desde qué lugar actuar.
La Resurrección no ocurre de golpe. Es un proceso. A veces silencioso, a veces incómodo, pero profundamente vital.
Hoy, en este Domingo de Resurrección, después de haberme permitido sentir y pensar, reconozco que sigo en camino. Entre lo aprendido y lo que aún estoy descubriendo. Entre la memoria de comunidad y las nuevas formas de construirla.
Y quizás eso sea, al final, lo más fiel al espíritu de este tiempo: seguir apostando por la vida, incluso —y sobre todo— en medio de los cambios.
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Frohen Ostersonntag
Meine Verbindung zur Karwoche hat sich mit jeder Reise auf qualitative Weise verändert. Besonders dann, wenn die Orte, an die ich gelangt bin, nicht mit der traditionellen christlichen Religiosität übereinstimmten – so wie es bei meinem letzten Ziel der Fall war: Berlin.
In dieser Hauptstadt geht die säkulare Feier der Festtage Hand in Hand mit den Jahreszeitenwechseln und weniger religiös geprägten Traditionen. Die Karwoche ist zwar klar im Kalender verankert und der Karfreitag ist ein Feiertag. Doch da er nicht für alle ein strikt religiöser Tag ist, nehmen andere Symbole den öffentlichen Raum ein: bunte Eier, Hasen, Blumen, die den Frühling ankündigen.
Die Idee von Eiern und Hasen habe ich bereits kurz nach meiner Ankunft in Deutschland aufgegriffen, in einem Artikel, den ich 2010 im Auftrag von ANE e.V. (Arbeitskreis Neue Erziehung) verfasst habe. Dort habe ich versucht zu verstehen, wie auch diese Bilder von Leben, Erneuerung und Hoffnung sprechen – wenn auch in einer anderen Sprache.
Am Freitag habe ich wieder Kontakt zu meiner Gemeinschaft aufgenommen. Sie sind weiterhin Teil einer größeren Gemeinschaft, die sich trifft, um über notwendige Veränderungen in verschiedenen Lebensbereichen nachzudenken – insbesondere im persönlichen und beruflichen – im Licht des Glaubens und aus einer konkreten Perspektive: der Befreiungstheologie.
Für mich waren Räume wie die UNEC (Unión Nacional de Estudiantes Católicos) und der MPC (Movimiento de Profesionales Católicos) grundlegende Wegbegleiter. Sie haben mir ermöglicht, meine eigene Erfahrung aus einer politischeren Perspektive neu zu lesen und die Kohärenz zwischen Spiritualität und Handeln als alltägliche Werkzeuge zu entdecken – unabhängig davon, wo ich mich befand.
Die Menschen meiner Gemeinschaft – die ich seit ihren Zwanzigern oder sogar noch früher kenne – sind in Peru geblieben. Heute kommunizieren wir weniger, doch diese gemeinsame Geschichte bleibt bestehen. Am Freitag teilte eine meiner Weggefährtinnen einen Text zur Karwoche, und daraus entstanden verschiedene Reflexionen, die ich heute, an diesem Ostersonntag, das Bedürfnis habe niederzuschreiben.
1. Das Laikat und seine Verantwortung
Meine Gemeinschaft hat bedeutende Verluste erlitten. Unsere geistlichen Begleiter sind vor Kurzem verstorben, und wir befinden uns in einem Kontext „ohne Hirten“. Vielleicht ist dies der Moment, uns wieder aus der Perspektive des Laienengagements zu betrachten, aus der die Bewegung einst entstanden ist.
Das Wort ist weiterhin unter uns. Die Realität fordert uns weiterhin heraus. Und die Gemeinschaft lebt weiter, um zu begleiten. All das Gelernte – die theologischen Werkzeuge, die durchlebten Prozesse – wird nicht verloren gehen.
Ich selbst, die seit mehr als zwanzig Jahren nicht mehr in Lima lebt, habe dieses Gefühl der Leere nicht auf dieselbe Weise erlebt. Der Bezug zur Gemeinschaft ist – selbst in entscheidenden Momenten meines Lebens in der Migration – nicht in eine Krise geraten.
Ich glaube, dass genau diese Kraft mich dazu bewegt hat, hier etwas Ähnliches aufzubauen. Die Wiederbegegnung mit meiner Identität als Laiin hat es mir ermöglicht, wichtige Herausforderungen zu erkennen und mich in Veränderungsprozesse einzubringen. Nicht immer erreicht man alles, was man sich wünscht, doch in den Räumen, die ich geschaffen habe, konnte ich echte Veränderungen zugunsten der Menschen miterleben.
Diese Kraft – dieser Geist des Engagements – ist aus meiner Gemeinschaftserfahrung heraus in mir gewachsen. Und deshalb lebt sie weiter.
2. Selbstfürsorge und weniger Anpassung
Die Warnsignale meines Körpers in den letzten Jahren haben nach und nach Klarheit geschaffen. Ich habe erkannt, dass ich lange Zeit zu sehr darauf fokussiert war, auf das zu hören und zu reagieren, was außerhalb von mir geschieht.
Heute kann ich besser wahrnehmen, wann dies auf meine eigenen Kosten geschieht. Zu lernen, Grenzen zu setzen und Distanz zu nehmen, war dabei entscheidend.
Meine hohe Wertschätzung von Gemeinschaft als politischer und spiritueller Aufbau ließ mich lange nicht klar erkennen, welchen Wert wir uns selbst schulden – nicht als isolierte Individuen, sondern als Menschen in Beziehung, die Würde besitzen.
Es geht nicht um unmittelbare Gegenseitigkeit oder darum, etwas zurückzuerwarten. Doch mit der Zeit kann man erkennen, ob man etwas Wesentliches erhalten hat: eine freundliche Antwort, eine Geste der Zuneigung, eine Präsenz im entscheidenden Moment.
Zu erkennen, was uns wirklich guttut – nicht nur, was uns nützt – und anzunehmen, dass es andere Weisen gibt, Mensch zu sein, gehört zu den großen Entdeckungen dieses Jahres.
3. Auferstehung als Zeit der Transformation
Die Auferstehung ist nicht nur ein liturgischer Moment. Sie ist auch eine Einladung, die Veränderungen in unserem eigenen Leben wahrzunehmen.
Auferstehen kann bedeuten, alte Weisen des In-der-Welt-Seins loszulassen, Beziehungen hinter sich zu lassen, die nicht mehr tragen, oder den Mut zu finden, neue aufzubauen. Es kann auch bedeuten, sich mit der eigenen Geschichte zu versöhnen und das Erlebte zu integrieren, ohne es zu verleugnen.
Für mich spricht diese Zeit von bewusster Transformation: davon, klarer zu wählen, wo ich sein möchte, mit wem ich teilen will und aus welcher Haltung heraus ich handle.
Die Auferstehung geschieht nicht plötzlich. Sie ist ein Prozess – manchmal leise, manchmal unbequem, aber zutiefst lebendig.
Heute, an diesem Ostersonntag, nachdem ich mir erlaubt habe zu fühlen und zu denken, erkenne ich, dass ich weiterhin unterwegs bin. Zwischen dem, was ich gelernt habe, und dem, was ich noch entdecke. Zwischen der Erinnerung an Gemeinschaft und neuen Formen, sie zu gestalten.
Und vielleicht ist genau das letztlich am treuesten gegenüber dem Geist dieser Zeit: weiter auf das Leben zu setzen – selbst, und gerade, mitten im Wandel.
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Le Petit Prince
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