lunes, 10 de agosto de 2026
Creta: quizás uno de nuestros últimos largos viajes de a tres - Kreta: Vielleicht eine unserer letzten langen Reisen zu dritt.
Como cada año, mi esposo es quien organiza nuestras vacaciones: las de invierno, Pascua, verano y otoño. Meses antes, con los días disponibles ya más o menos definidos, comienzan las consultas durante la cena y sus minuciosas pesquisas para descubrir cuál podría ser nuestro próximo destino.
Generalmente aparecen tres o cuatro propuestas, una mezcla entre su propia investigación y lo que va recogiendo de nuestros comentarios: algo que hemos leído, una conversación con amigas, alguna película que vimos juntos o simplemente un lugar que, por alguna razón, despertó nuestra curiosidad.
Este año, sin embargo, la búsqueda tuvo un ingrediente especial: nuestra hija. Ya nos había comunicado su deseo de viajar el próximo año con sus amigues. Es decir, esta podía ser una de nuestras últimas oportunidades de tenerla con nosotros durante 15 dias seguidos. Y eso le daba al viaje un significado distinto.
Combinamos entonces su deseo de mar y sol con mi amor por Grecia. Y así llegamos a Creta: playa, cultura, naturaleza y una extraordinaria riqueza gastronómica mediterránea.
Mi esposo organiza la estadía y, una vez en el lugar, vamos decidiendo las salidas y recorridos. Y debo decir que casi siempre acierta. Viajar también significa dejar espacio para lo inesperado, para lo que una necesita en determinado momento, incluso sin saberlo.
Me ocurrió, por ejemplo, en 2020, durante nuestro viaje a Croacia. Atravesaba un bajón emocional que ni siquiera lograba comprender del todo. Además del acompañamiento empático y cariñoso de cada día, llegó una sorpresa que todavía recuerdo: nuestra visita al Danubiana Meulensteen Art Museum, en Eslovaquia, muy cerca de Bratislava. Rodeado por las aguas del Danubio, aquel museo apareció ante mí como un oasis, como un poema lleno de luz y color.
Y, de alguna manera, me devolvió el aliento.
Hay momentos en los que una descubre que no necesita demasiadas explicaciones. A veces basta caminar, mirar el agua, contemplar una obra de arte, sentir el viento o quedarse en silencio frente a un paisaje. La naturaleza y el arte tienen esa capacidad de tocar lugares a los que las palabras no siempre llegan.
Volviendo a este año, Christian organizó nuestra estadía en Creta en dos etapas: primero el este de la isla y luego el oeste. Y tuvimos además la suerte de no coincidir directamente con los incendios que este verano estremecieron distintos lugares de Europa, entre ellos algunas zonas de Creta. Durante nuestro recorrido disfrutamos de un clima maravilloso y bastante estable, algo que nos permitió mantener nuestros planes y movernos con mucha libertad.
Comenzamos en Agios Nikolaos, desde donde conocimos lugares como Voulisma, Almiros, Spinalonga, Sitia y el pequeño pueblo pesquero de Mochlos. Después llegaron los días dedicados a la historia y la mitología: atravesamos la isla para conocer la cueva de Zeus, en Psychro, y el impresionante palacio de Knossos.
Nuestra segunda etapa nos llevó hacia Agia Marina y el oeste de Creta. Desde allí descubrimos Kolymbari y sus playas, y más tarde Falassarna, con ese mar cristalino y uno de los atardeceres más hermosos que hemos contemplado en familia.
Cada jornada tuvo algo especial: recorrer playas distintas, probar nuevos sabores, detenernos en pequeñas tabernas, conversar con la gente y disfrutar de esa hospitalidad cretense que tantas veces termina con un pequeño vaso de raki sobre la mesa. También nuestros alojamientos fueron parte de la experiencia: espacios cuidados y personas que nos hicieron sentir bienvenidos lejos de casa.
Hoy terminamos nuestro recorrido en la Playa Preveli, allí donde el agua dulce se encuentra con el agua salada, donde el río llega al mar entre y un viento que parece no descansar. Llegar no fue precisamente fácil, pero valió la pena. No alcanzamos a ver a todas las palmeras en su esplendor ya que se afectaron algunas de ellas con el incendio en la zona, pero el encantó de las supervivientes siempre se vio y sintió.
Quizás por eso este viaje quedará guardado de una manera especial.
No solamente por Creta, por sus aguas transparentes, su historia milenaria, sus montañas, sus sabores o sus atardeceres. También porque los viajes familiares cambian con los años. Las hijas crecen, construyen sus propios caminos y comienzan a imaginar viajes en los que mamá y papá ya no necesariamente estarán incluidos.
Y está bien que así sea.
Por eso estas tres semanas tuvieron para mí algo de celebración y también de despedida de una etapa. Hemos caminado, nadado, comido, reído, discutido seguramente alguna vez, descubierto lugares nuevos y vuelto a sentarnos los tres alrededor de una mesa.
Al final, quizás eso sea viajar en familia: guardar pequeños pedazos de tiempo antes de que el tiempo, inevitablemente, cambie de forma.
Y Creta nos regaló muchos.
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Kreta: Vielleicht eine unserer letzten langen Reisen zu dritt
Wie jedes Jahr ist es mein Mann, der unsere Urlaube organisiert: Winterferien, Ostern, Sommer und Herbst. Schon Monate vorher, wenn die verfügbaren Tage mehr oder weniger feststehen, beginnen beim Abendessen die ersten Fragen – und seine gründlichen Recherchen auf der Suche nach unserem nächsten Reiseziel.
Meistens entstehen daraus drei oder vier Vorschläge – eine Mischung aus seinen eigenen Recherchen und all dem, was er aus unseren Gesprächen aufschnappt: etwas, das wir gelesen haben, ein Austausch mit Freundinnen, ein Film, den wir gemeinsam gesehen haben, oder einfach ein Ort, der aus irgendeinem Grund unsere Neugier geweckt hat.
Dieses Jahr spielte bei der Suche allerdings etwas Besonderes eine Rolle: unsere Tochter. Sie hatte uns bereits erzählt, dass sie im nächsten Jahr gerne mit ihren Freund:innen verreisen möchte. Das bedeutete: Dies könnte eine unserer letzten Gelegenheiten sein, sie 15 Tagen am Stück bei uns zu haben. Und allein dadurch bekam diese Reise eine andere Bedeutung.
Also verbanden wir ihren Wunsch nach Meer und Sonne mit meiner Liebe zu Griechenland. Und so kamen wir auf Kreta: Strände, Kultur, Natur und eine wunderbare mediterrane Küche.
Mein Mann organisiert die Unterkünfte, und wenn wir erst einmal vor Ort sind, entscheiden wir gemeinsam über unsere Ausflüge und Tagespläne. Und ich muss sagen: Meistens liegt er damit genau richtig. Reisen bedeutet schließlich auch, Raum für das Unerwartete zu lassen – für das, was man in einem bestimmten Moment vielleicht braucht, ohne es selbst schon zu wissen.
So ging es mir zum Beispiel 2020 während unserer Reise nach Kroatien. Ich befand mich damals in einem emotionalen Tief, das ich selbst nicht wirklich verstehen konnte. Neben der einfühlsamen und liebevollen Begleitung im Alltag gab es eine Überraschung, an die ich mich bis heute sehr gut erinnere: unseren Besuch im Danubiana Meulensteen Art Museum in der Slowakei, unweit von Bratislava. Umgeben vom Wasser der Donau erschien mir dieses Museum damals wie eine Oase, wie ein Gedicht voller Licht und Farbe.
Und irgendwie gab es mir den Atem zurück.
Es gibt Momente, in denen man merkt, dass man gar nicht so viele Erklärungen braucht. Manchmal reicht es, zu gehen, auf das Wasser zu schauen, vor einem Kunstwerk stehen zu bleiben, den Wind zu spüren oder einfach schweigend eine Landschaft zu betrachten. Natur und Kunst haben diese besondere Kraft, Orte in uns zu berühren, die Worte nicht immer erreichen können.
Aber zurück zu diesem Jahr. Christian hatte unseren Aufenthalt auf Kreta in zwei Etappen organisiert: zunächst den Osten der Insel und anschließend den Westen. Wir hatten außerdem das Glück, nicht unmittelbar von den Waldbränden betroffen zu sein, die in diesem Sommer verschiedene Regionen Europas und auch Teile Kretas erschütterten. Während unserer Reise hatten wir wunderbares und ziemlich beständiges Wetter, sodass wir unsere Pläne beibehalten und uns sehr frei auf der Insel bewegen konnten.
Und ich weiß eigentlich gar nicht, wo ich anfangen soll, denn fast alles war ein Genuss – für die Augen und für den Gaumen.
Unsere Reise begann in Agios Nikolaos. Von dort aus entdeckten wir Orte wie Voulisma, Almiros, Spinalonga, Sitia und das kleine Fischerdorf Mochlos. Danach kamen die Tage, die der Geschichte und Mythologie gewidmet waren: Wir fuhren quer über die Insel zur Zeushöhle bei Psychro und besuchten den beeindruckenden Palast von Knossos.
Unsere zweite Etappe führte uns nach Agia Marina und in den Westen Kretas. Von dort aus entdeckten wir Kolymbari und seine Strände und später Falassarna mit seinem kristallklaren Meer und einem der schönsten Sonnenuntergänge, die wir als Familie gemeinsam erlebt haben.
Jeder Tag hatte etwas Besonderes: unterschiedliche Strände entdecken, neue Geschmäcker kennenlernen, in kleinen Tavernen einkehren, mit Menschen ins Gespräch kommen und immer wieder diese kretische Gastfreundschaft erleben, bei der am Ende nicht selten ein kleines Glas Raki auf dem Tisch steht. Auch unsere Unterkünfte wurden Teil dieser Erfahrung: liebevoll gestaltete Orte und Menschen, die uns fern von zu Hause das Gefühl gaben, willkommen zu sein.
Heute endet unsere Reise in Preveli Beach, dort, wo Süßwasser auf Salzwasser trifft, wo der Fluss zwischen Palmen ins Meer mündet und der Wind scheinbar niemals zur Ruhe kommt. Dorthin zu gelangen war nicht gerade einfach – aber es hat sich gelohnt.Leider konnten wir nicht alle Palmen in ihrer vollen Pracht erleben, da einige von ihnen durch den Brand in der Region beschädigt wurden. Doch die Schönheit und besondere Ausstrahlung der Palmen, die das Feuer überstanden haben, war überall sichtbar und spürbar.
Vielleicht wird uns gerade deshalb diese Reise auf eine ganz besondere Weise in Erinnerung bleiben.
Nicht nur wegen Kreta, wegen seines kristallklaren Wassers, seiner jahrtausendealten Geschichte, seiner Berge, seiner Aromen oder seiner Sonnenuntergänge. Sondern auch, weil sich Familienreisen mit den Jahren verändern. Die Kinder werden groß, gehen ihre eigenen Wege und beginnen, von Reisen zu träumen, bei denen Mama und Papa nicht mehr unbedingt dazugehören.
Und das ist gut so.
Deshalb waren diese drei Wochen für mich zugleich ein Fest und ein kleiner Abschied von einer Lebensphase. Wir sind gewandert, geschwommen, haben gegessen, gelacht, sicherlich auch einmal diskutiert, neue Orte entdeckt und uns immer wieder zu dritt an einen Tisch gesetzt.
Vielleicht bedeutet Reisen als Familie am Ende genau das: kleine Stücke gemeinsamer Zeit zu bewahren, bevor die Zeit unweigerlich ihre Form verändert.
Und Kreta hat uns viele davon geschenkt.
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Le Petit Prince
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