Caminando conmigo misma. Con todes ...

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Foto: Gabriela Gioia - Ritual inaugural antes de la Marcha del 8M en Berlín. Marzo 2026.

jueves, 9 de abril de 2026

Salsa desde Africa bendita

El Sábado Santo fue un día especialmente soleado en Berlin. Decidimos salir a pasear y recoger un vinilo que parecia ser muy importante.  Luego iriamos a comer "peruano". 

Llegamos a nuestro destino: una casa en Friedrichshain. El long play era una nueva adquisición para el Salsa Café, donde mi marido participa como coorganizador y DJ. El disco era de Laba Sosseh, cantante originario de Gambia.

Ya en el auto, cuando escuché el sample que Chris había preparado, la melodía me resultó muy familiar. Era  Yamulemao . ¿Les suena? Es una de esas canciones que siempre me han encantado, de Joe Arroyo.
Nunca me había preguntado en qué lengua estaba cantada. Intuía un acento africano, pero no iba más allá. Mientras regresábamos a casa, Christian —como casi siempre cuando se trata de salsa— empezó a instruirme sobre la historia detrás del tema. 
Resulta que Laba Sosseh había grabado esta canción como  Diamoule Mawo en 1982 con el sello SAR en Estados Unidos. Esta fue una primera versión en Salsa de otra original proveniente de  Togo en el Paris de 1968. El Trio africano Los makueson' s la grabó originalmente con el titulo: Mpuli-mwa-moni Años más tarde,  Joe Arroyo nos la trajo con su propia interpretación.

Y entonces, como suele ocurrir cuando hablamos de lo mejor de la música —como la salsa—, surge inevitable la reflexión: ¿qué sería de nuestro continente sin la influencia africana?

Ahora sé de dónde viene esa melodía que tanto me gusta. Sé que está cantada en wolof, y que esa presencia africana no es algo lejano, sino profundamente presente en lo que somos y escuchamos. Solo hay que afinar el oído. Escuchar con atención.

Aquí les dejo ambas versiones. Difícil decir cuál es mejor. Siento que, en el fondo, son parte de un mismo corazón: una hermosa conversación musical que, de alguna manera, nos hace bien.

Diamoule Mawo, de Leba Sosseh 

https://youtu.be/T_skdYk9PXE?is=6Mp5a0_qPZW4C9yF

Yamulemao, versión de Joe Arroyo.

https://youtu.be/RdM-3IsrwuA?is=p6v01ZeVmIp9EwHO


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Der Karsamstag war ein besonders sonniger Tag in Berlin. Wir beschlossen, spazieren zu gehen und eine Schallplatte abzuholen, die offenbar sehr wichtig war. Danach wollten wir peruanisch essen gehen.

Wir erreichten unser Ziel: ein Haus in Friedrichshain. Die Langspielplatte war eine neue Anschaffung für das Salsa Café, bei dem mein Mann als Mitorganisator und DJ beteiligt ist. Das Album stammte von Laba Sosseh, einem Sänger aus Gambia.

Als wir bereits im Auto saßen und ich das Sample hörte, das Chris vorbereitet hatte, kam mir die Melodie sofort bekannt vor. Es war Yamulemao. Kommt Ihnen das bekannt vor? Es ist eines dieser Lieder, die ich schon immer geliebt habe – von Joe Arroyo.

Ich hatte mich nie gefragt, in welcher Sprache es gesungen wird. Ich vermutete einen afrikanischen Akzent, aber weiter ging ich dem nicht nach. Während wir nach Hause fuhren, begann Christian – wie so oft, wenn es um Salsa geht –, mir die Geschichte hinter dem Stück zu erklären.

Es stellt sich heraus, dass Laba Sosseh dieses Lied bereits 1982 unter dem Titel Diamoule Mawo in den USA beim Label SAR aufgenommen hatte. Dabei handelte es sich um eine erste Salsa-Version eines Originals aus Togo, das 1968 in Paris entstanden war.
Das afrikanische Trio Los Makueson's hatte das Stück ursprünglich unter dem Titel Mpuli-mwa-moni aufgenommen.
Jahre später brachte Joe Arroyo das Lied mit seiner eigenen Interpretation erneut heraus.

Und dann – wie so oft, wenn wir über das Beste der Musik sprechen, über Salsa – drängt sich unweigerlich eine Frage auf: Was wäre unser Kontinent ohne den afrikanischen Einfluss?

Jetzt weiß ich, woher diese Melodie kommt, die mir so sehr gefällt. Ich weiß, dass sie auf Wolof gesungen wird – und dass diese afrikanische Präsenz nichts Fernes ist, sondern tief in dem verwurzelt, was wir sind und hören.

Man muss nur genau hinhören. Wirklich zuhören.

Hier sind beide Versionen. Es ist schwer zu sagen, welche die bessere ist. Ich habe das Gefühl, dass sie im Grunde Teil desselben Herzens sind: ein wunderbarer musikalischer Dialog, der uns auf seine Weise guttut.

Diamoule Mawo, von Leba Sosseh
https://youtu.be/T_skdYk9PXE

Yamulemao, Version von Joe Arroyo
https://youtu.be/RdM-3IsrwuA

domingo, 5 de abril de 2026

Feliz Domingo de Resurrección

Mi conexión con la Semana Santa ha cambiado cualitativamente con cada viaje. Especialmente cuando los lugares a los que he llegado no coincidían con la religiosidad cristiana en la que crecí, como fue el caso de mi último destino: Berlin.

En esta capital, la celebración laica de las fiestas va de la mano con los cambios de estación y con tradiciones menos religiosas. La Semana Santa, por ejemplo, está claramente marcada en el calendario y el Viernes Santo es feriado. Pero, al no ser un día estrictamente religioso para todos, otros símbolos ocupan el espacio público: huevos de colores, conejos, flores que anuncian la primavera.

La idea de los huevos y los conejos la exploré apenas llegué a Alemania, en un artículo que me solicitaron en 2010 desde ANE e.V. (Arbeitskreis Neue Erziehung). - Aqui el enlace del articulo : https://mar-i-pasos.blogspot.com/2010/03/huevos-y-conejos-hablando-de-la-pascua.html?m=0)- Allí intenté comprender cómo estas imágenes también hablan de vida, renovación y esperanza, aunque desde otro lenguaje.

El viernes retomé contacto con mi comunidad de Lima. Ellos continúan participando en una comunidad amplia que se reúne para reflexionar sobre los cambios necesarios en distintos planos de la vida —sobre todo el personal y el laboral— a la luz de la fe y desde una perspectiva concreta: la teología de la liberación.

Para mí, espacios como la UNEC (Unión Nacional de Estudiantes Católicos) y el MPC (Movimiento de Profesionales Católicos) fueron guías fundamentales. Me permitieron releer mi propia experiencia desde una mirada más política y descubrir la coherencia entre espiritualidad y acción como herramientas cotidianas, allí donde me encontrara.

Las personas de mi comunidad —a quienes conocí desde sus veintes, o incluso antes— han permanecido en Perú. Hoy nos comunicamos menos, pero esa historia compartida no se borra. El viernes, una de mis compañeras compartió un texto de Semana Santa, y a partir de allí surgieron varias reflexiones que hoy, en este Domingo de Resurrección, siento la necesidad de escribir.

  1. El laicado y sus responsabilidades
Mi comunidad ha sufrido pérdidas importantes. Nuestros asesores fallecieron hace poco y nos encontramos en un contexto “sin pastor”. Tal vez este sea el momento de mirarnos nuevamente desde el protagonismo laico con el que nació el movimiento.

La Palabra sigue con nosotras. La realidad sigue interpelando. Y la comunidad continúa viva para acompañar. Todo lo aprendido —las herramientas teológicas, los procesos vividos— no caerá en saco roto.

Yo, que llevo más de veinte años fuera de Lima, no he experimentado esa sensación de vacío de la misma manera. La referencia comunitaria, incluso en momentos clave de mi vida migrante, no ha entrado en crisis.

Creo que esa misma fuerza fue la que me impulsó a crear algo parecido aquí. Reencontrarme con mi identidad laica me ha permitido reconocer desafíos importantes e involucrarme en procesos de cambio. No siempre se logra todo lo que se desea, pero en los espacios que he construido he sido testigo de transformaciones reales en favor de las personas.

Esa fuerza —ese espíritu de compromiso— nació en mí gracias a la experiencia comunitaria. Y por eso sigue viva.

2. Autocuidado y menos adaptación

Las llamadas de atención de mi cuerpo en los últimos años encendieron alertas que poco a poco se han ido aclarando. Me di cuenta de que durante mucho tiempo estuve demasiado enfocada en escuchar y atender lo que estaba fuera de mí.

Hoy puedo reconocer mejor cuándo eso ocurre a mi propia costa. Aprender a poner límites, a tomar distancia, ha sido fundamental.

Mi alta valoración de la comunidad como construcción política y espiritual no me permitía ver con claridad el valor que nos debemos como personas —no como individuos aislados, sino como seres dignos en relación—.

No se trata de reciprocidad inmediata ni de esperar algo a cambio. Pero con el tiempo una puede ver si recibió algo esencial: una respuesta amable, un gesto de cariño, una presencia cuando más se necesitaba.

Detectar lo que nos hace bien —no solo lo que nos conviene— y reconocer que existen otras formas de ser persona ha sido uno de los grandes descubrimientos de este año.

3. Resurrección como tiempo de transformación
La Resurrección no es solo un momento litúrgico. Es también una invitación a reconocer los cambios que están ocurriendo en nuestra propia vida.

Resucitar puede significar soltar formas antiguas de estar en el mundo, dejar atrás vínculos que ya no sostienen, o animarse a construir otros nuevos. Puede ser también reconciliarse con la propia historia, integrando lo vivido sin negarlo.

En mi caso, este tiempo habla de transformación consciente: de elegir con más claridad dónde estar, con quién compartir, y desde qué lugar actuar.

La Resurrección no ocurre de golpe. Es un proceso. A veces silencioso, a veces incómodo, pero profundamente vital.
Hoy, en este Domingo de Resurrección, después de haberme permitido sentir y pensar, reconozco que sigo en camino. Entre lo aprendido y lo que aún estoy descubriendo. Entre la memoria de comunidad y las nuevas formas de construirla.

Y quizás eso sea, al final, lo más fiel al espíritu de este tiempo: seguir apostando por la vida, incluso —y sobre todo— en medio de los cambios.

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Frohen Ostersonntag

Meine Verbindung zur Karwoche hat sich mit jeder Reise auf qualitative Weise verändert. Besonders dann, wenn die Orte, an die ich gelangte, nicht mit der christlichen Religiosität übereinstimmten, in der ich aufgewachsen bin – wie es bei meinem letzten Reiseziel, Berlín, der Fall war.
In dieser Hauptstadt geht die säkulare Feier der Festtage Hand in Hand mit den Jahreszeitenwechseln und weniger religiös geprägten Traditionen. Die Karwoche ist zwar klar im Kalender verankert und der Karfreitag ist ein Feiertag. Doch da er nicht für alle ein strikt religiöser Tag ist, nehmen andere Symbole den öffentlichen Raum ein: bunte Eier, Hasen, Blumen, die den Frühling ankündigen.

Die Idee von Eiern und Hasen habe ich bereits kurz nach meiner Ankunft in Deutschland aufgegriffen, in einem Artikel, den ich 2010 im Auftrag von ANE e.V. (Arbeitskreis Neue Erziehung) verfasst habe. Dort habe ich versucht zu verstehen, wie auch diese Bilder von Leben, Erneuerung und Hoffnung sprechen – wenn auch in einer anderen Sprache.
Am Freitag habe ich wieder Kontakt zu meiner Gemeinschaft aufgenommen. Sie sind weiterhin Teil einer größeren Gemeinschaft, die sich trifft, um über notwendige Veränderungen in verschiedenen Lebensbereichen nachzudenken – insbesondere im persönlichen und beruflichen – im Licht des Glaubens und aus einer konkreten Perspektive: der Befreiungstheologie.

Für mich waren Räume wie die UNEC (Unión Nacional de Estudiantes Católicos) und der MPC (Movimiento de Profesionales Católicos) grundlegende Wegbegleiter. Sie haben mir ermöglicht, meine eigene Erfahrung aus einer politischeren Perspektive neu zu lesen und die Kohärenz zwischen Spiritualität und Handeln als alltägliche Werkzeuge zu entdecken – unabhängig davon, wo ich mich befand.

Die Menschen meiner Gemeinschaft – die ich seit ihren Zwanzigern oder sogar noch früher kenne – sind in Peru geblieben. Heute kommunizieren wir weniger, doch diese gemeinsame Geschichte bleibt bestehen. Am Freitag teilte eine meiner Weggefährtinnen einen Text zur Karwoche, und daraus entstanden verschiedene Reflexionen, die ich heute, an diesem Ostersonntag, das Bedürfnis habe niederzuschreiben.

1. Das Laikat und seine Verantwortung
Meine Gemeinschaft hat bedeutende Verluste erlitten. Unsere geistlichen Begleiter sind vor Kurzem verstorben, und wir befinden uns in einem Kontext „ohne Hirten“. Vielleicht ist dies der Moment, uns wieder aus der Perspektive des Laienengagements zu betrachten, aus der die Bewegung einst entstanden ist.
Das Wort ist weiterhin unter uns. Die Realität fordert uns weiterhin heraus. Und die Gemeinschaft lebt weiter, um zu begleiten. All das Gelernte – die theologischen Werkzeuge, die durchlebten Prozesse – wird nicht verloren gehen.
Ich selbst, die seit mehr als zwanzig Jahren nicht mehr in Lima lebt, habe dieses Gefühl der Leere nicht auf dieselbe Weise erlebt. Der Bezug zur Gemeinschaft ist – selbst in entscheidenden Momenten meines Lebens in der Migration – nicht in eine Krise geraten.
Ich glaube, dass genau diese Kraft mich dazu bewegt hat, hier etwas Ähnliches aufzubauen. Die Wiederbegegnung mit meiner Identität als Laiin hat es mir ermöglicht, wichtige Herausforderungen zu erkennen und mich in Veränderungsprozesse einzubringen. Nicht immer erreicht man alles, was man sich wünscht, doch in den Räumen, die ich geschaffen habe, konnte ich echte Veränderungen zugunsten der Menschen miterleben.
Diese Kraft – dieser Geist des Engagements – ist aus meiner Gemeinschaftserfahrung heraus in mir gewachsen. Und deshalb lebt sie weiter.

2. Selbstfürsorge und weniger Anpassung
Die Warnsignale meines Körpers in den letzten Jahren haben nach und nach Klarheit geschaffen. Ich habe erkannt, dass ich lange Zeit zu sehr darauf fokussiert war, auf das zu hören und zu reagieren, was außerhalb von mir geschieht.
Heute kann ich besser wahrnehmen, wann dies auf meine eigenen Kosten geschieht. Zu lernen, Grenzen zu setzen und Distanz zu nehmen, war dabei entscheidend.
Meine hohe Wertschätzung von Gemeinschaft als politischer und spiritueller Aufbau ließ mich lange nicht klar erkennen, welchen Wert wir uns selbst schulden – nicht als isolierte Individuen, sondern als Menschen in Beziehung, die Würde besitzen.
Es geht nicht um unmittelbare Gegenseitigkeit oder darum, etwas zurückzuerwarten. Doch mit der Zeit kann man erkennen, ob man etwas Wesentliches erhalten hat: eine freundliche Antwort, eine Geste der Zuneigung, eine Präsenz im entscheidenden Moment.
Zu erkennen, was uns wirklich guttut – nicht nur, was uns nützt – und anzunehmen, dass es andere Weisen gibt, Mensch zu sein, gehört zu den großen Entdeckungen dieses Jahres.

3. Auferstehung als Zeit der Transformation
Die Auferstehung ist nicht nur ein liturgischer Moment. Sie ist auch eine Einladung, die Veränderungen in unserem eigenen Leben wahrzunehmen.

Auferstehen kann bedeuten, alte Weisen des In-der-Welt-Seins loszulassen, Beziehungen hinter sich zu lassen, die nicht mehr tragen, oder den Mut zu finden, neue aufzubauen. Es kann auch bedeuten, sich mit der eigenen Geschichte zu versöhnen und das Erlebte zu integrieren, ohne es zu verleugnen.
Für mich spricht diese Zeit von bewusster Transformation: davon, klarer zu wählen, wo ich sein möchte, mit wem ich teilen will und aus welcher Haltung heraus ich handle.
Die Auferstehung geschieht nicht plötzlich. Sie ist ein Prozess – manchmal leise, manchmal unbequem, aber zutiefst lebendig.

Heute, an diesem Ostersonntag, nachdem ich mir erlaubt habe zu fühlen und zu denken, erkenne ich, dass ich weiterhin unterwegs bin. Zwischen dem, was ich gelernt habe, und dem, was ich noch entdecke. Zwischen der Erinnerung an Gemeinschaft und neuen Formen, sie zu gestalten.
Und vielleicht ist genau das letztlich am treuesten gegenüber dem Geist dieser Zeit: weiter auf das Leben zu setzen – selbst, und gerade, mitten im Wandel.

Le Petit Prince

Le Petit Prince
buscando a mama??