Caminando conmigo misma, con todes

Caminando conmigo misma, con todes
Foto: © Orbegoso, Octubre 2025.

viernes, 2 de enero de 2026

2025: Cerrar ciclos para volver a escucharse

Quė tal año el que acaba de terminar .Tan compacto en experiencias y sorpresas, de todo tipo. Justo ESA variedad de lo inesperado hizo que lo viviera  tan intensamente.

El mes de enero empezó con un mareo muy fuerte, parecido al que tuve cuando me accidentė el 2024. Lo precedía una noticia, que aunque se veia venir, igual me golpeó más de lo que esperaba: la muerte de mi hermana menor. Ella quien por mucho tiempo me vio como su madre hasta que decidi dejar la casa materna, se había ido. Ese distanciamiento cobró varias pėrdidas, por varias décadas, pero los buenos tiempos de cada una a nuestra manera, nunca rompió la mutua admiración que nos teníamos. Para mí, ella representaba el arte de la palabra con su vida y su obra. 
Ya no habría más  páginas nuevas para leer, para seguir admirando cómo a pesar de la enfermedad, no se agotaban sus versos ni los colores. Comprendí que los vínculos no siempre se miden por la cercanía constante, sino por aquello que permanece incluso en la ausencia. Sus libros quedan. Está en todos lados, pero aun así, era necesario volver. Yo necesitaba regresar a casa.

El mes de febrero luego de la pausa de invierno la dediquė a ESTAR en el Perú. Viajé, reconectė y disfrutė cada minuto y cada persona que vi y reconocí. Me dediquė a las antiguas amistades más que a crear nuevos lazos.  Y la reconexión fue en primer lugar conmigo. Viajaba sola y por varias semanas, para acompañar a mi familia cercana y averiguar qué nuevo debía aprender. Me di cuenta que nunca me fui. El cariño se respiraba en cada esquina. Fue lindo sentirlo.

También hubo un regreso consciente a mis raíces. Ese proceso de reconexión abrió preguntas necesarias sobre lo que debía aprender en esta etapa de mi vida y me permitió trabajar desde otro ritmo, creando junto a otras personas contenidos colectivos justo en el mes de la lengua materna.

El retorno a la rutina trajo contrastes. Mientras crecían el reconocimiento y la legitimación de mi trabajo en redes y alianzas, se hizo evidente un desgaste profundo en ciertos contextos laborales. Sostuve procesos en condiciones difíciles, defendí el valor del trabajo realizado y alcé la voz cuando fue necesario. No dejé nada para después. El saberte escuchar, o intentarlo es un proceso que no se compara a ninguna recompensa. Y cuando ocurre, es imparable y sanador.

Hubo pausas imprescindibles, viajes vividos con intensidad, reencuentros largamente postergados y momentos de cansancio que convivieron con una gratitud profunda. El cuerpo pidió atención y aprender a escucharlo se volvió parte central del aprendizaje. Cuando respondieron positivamente a mi solicitud de rehabilitación - un año después-, acepté. El mes de octubre fue para esa pausa consciente, y la viví como una manifestación de nueva salud. 


Hacia el final de 2025, llegó una claridad ineludible:  no todo lo que se ha construido debe sostenerse a cualquier precio.. Después de muchos años dirigiendo un proyecto significativo, decidí no continuar en un marco que restringía mi autonomía y creatividad. Elegí coherencia, tranquilidad y autorrespeto.  Fue una decisión profundamente honesta.

El balance que queda es sencillo: cerrar ciclos también es una forma de cuidar la vida. Soltar no siempre es perder; a veces es la única manera de volver a escucharse. Este tiempo es especial, me encuentra camino a la sexta década de mi vida, en la que ciertas decisiones no siempre dejan anticipar consecuencias concretas, pero me siento bien. La certeza que tengo de y por mí misma es lo que  me resulta suficiente.


2025: Loslassen, um sich selbst wieder zuzuhören
Was für ein Jahr, das gerade zu Ende gegangen ist.
So dicht an Erfahrungen und Überraschungen – in jeder Hinsicht. Gerade diese Vielfalt des Unerwarteten ließ mich es so intensiv erleben.
Der Januar begann mit einem Schwindel der Erinnerung, ähnlich dem, den ich nach meinem Unfall im Jahr 2024 verspürte. Vorausgegangen war eine Nachricht, die sich zwar angekündigt hatte, mich aber dennoch härter traf, als ich erwartet hatte: der Tod meiner jüngeren Schwester. Sie, die mich lange Zeit wie eine Mutter gesehen hatte, bis ich beschloss, das Elternhaus zu verlassen, war gegangen. Diese Distanz brachte über mehrere Jahrzehnte hinweg verschiedene Verluste mit sich, doch die guten Zeiten – jede auf ihre eigene Weise – zerstörten niemals die gegenseitige Bewunderung, die wir füreinander empfanden.
Sie verkörperte die Kunst des Wortes – in ihrem Leben wie in ihrem Werk. Es würde keine neuen Seiten mehr geben, die man lesen könnte, kein weiteres Staunen darüber, wie ihre Verse und Farben trotz der Krankheit unerschöpflich blieben. Ich verstand, dass Bindungen nicht immer an ständiger Nähe gemessen werden, sondern an dem, was selbst in der Abwesenheit Bestand hat.
Eine Rückkehr war notwendig.
Den Februar widmete ich – nach der Winterpause – dem Dasein in Peru. Ich reiste, knüpfte erneut Verbindungen und genoss jede Minute und jede Begegnung. Ich widmete mich mehr alten Freundschaften als dem Aufbau neuer Beziehungen. Und die erste Wiederverbindung galt mir selbst. Ich reiste allein und über mehrere Wochen hinweg, um meiner engsten Familie nahe zu sein und herauszufinden, was ich in dieser neuen Lebensphase lernen sollte. Gleichzeitig arbeitete ich aus der Ferne weiter.
Es war auch eine bewusste Rückkehr zu meinen Wurzeln. Dieser Prozess der Wiederannäherung öffnete notwendige Fragen darüber, was in diesem Abschnitt meines Lebens gelernt werden wollte. Er erlaubte mir zudem, in einem anderen Rhythmus zu arbeiten und gemeinsam mit anderen Menschen kollektive Inhalte zu schaffen – ausgerechnet im Monat der Muttersprache.
Die Rückkehr in den Alltag brachte starke Kontraste mit sich. Während Anerkennung und Legitimation meiner Arbeit in Netzwerken und Kooperationen wuchsen, wurde zugleich eine tiefe Erschöpfung in bestimmten beruflichen Kontexten deutlich. Ich hielt Prozesse unter schwierigen Bedingungen aufrecht, verteidigte den Wert der geleisteten Arbeit und erhob meine Stimme, wenn es nötig war. Ich ließ nichts auf später verschieben. Sich selbst zuzuhören – oder es zumindest zu versuchen – ist ein Prozess, der mit keiner äußeren Belohnung vergleichbar ist. Und wenn er einmal beginnt, ist er unaufhaltsam und heilend.
Es gab unverzichtbare Pausen, intensiv erlebte Reisen, lange aufgeschobene Wiederbegegnungen und Momente der Müdigkeit, die mit tiefer Dankbarkeit einhergingen. Der Körper verlangte Aufmerksamkeit, und zu lernen, ihm zuzuhören, wurde zu einem zentralen Teil des Lernens. Als meiner Bitte um Rehabilitation – ein Jahr später – schließlich stattgegeben wurde, nahm ich sie an. Der Oktober war dieser bewussten Pause gewidmet, und ich erlebte sie als Ausdruck neuer Gesundheit.
Gegen Ende des Jahres 2025 stellte sich eine unumgängliche Klarheit ein: Nicht alles, was aufgebaut wurde, muss um jeden Preis weitergetragen werden. Nach vielen Jahren der Leitung eines bedeutenden Projekts entschied ich mich, nicht in einem Rahmen weiterzumachen, der meine Autonomie und Kreativität einschränkte. Ich wählte Kohärenz, Ruhe und Selbstachtung. Es war eine zutiefst ehrliche Entscheidung.
Die Bilanz ist einfach: Zyklen zu schließen ist auch eine Form, das Leben zu schützen. Loslassen bedeutet nicht immer Verlust; manchmal ist es der einzige Weg, sich selbst wieder zuzuhören. Diese Zeit ist besonders: Sie findet mich auf dem Weg in das sechste Jahrzehnt meines Lebens. In dieser Phase lassen Entscheidungen ihre konkreten Konsequenzen nicht immer sofort erkennen – und dennoch fühle ich mich gut. Die Gewissheit, die ich über mich selbst und für mich selbst habe, ist das, was mir genügt.

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